Mi historia
Tuve suerte de nacer en los 80, cuando tu habilidad para la supervivencia era determinante y las cosas todavía eran reales. Columpios oxidados, bicicletas de hierro tres tallas más grandes…
El bullying no existía, te etiquetaban como el gordo, el gafas culo de vaso. Yo era el raro. No jugaba a fútbol y la gente ya me aburría, aunque no me di cuenta hasta años más tarde.
Con apenas seis años ya dominaba la sierra de pelo como Dios. Taladraba monedas con barrenas para madera y construía mis propios juguetes con pinzas de la ropa, tornillos viejos y gomas.
Mientras otros niños soñaban con la equipación de su equipo, yo quedaba hipnotizado en la sección de herramientas de El Corte Inglés. Mi abuelo me llevaba de excursión por las ferreterías. Siempre pedía herramientas para mis cumpleaños, pero rara vez se lo tomaban en serio.
Pasé por la EGB sin pena ni gloria… más bien con pena. Era una cárcel para mi creatividad. No había asignatura para mis talentos.
Gracias a los dioses, al no graduarme, no me quedó otra que hacer Formación Profesional —el sitio al que iban “los que no valían”—. Ahí pasé de ser lo peor a alguien respetable. Por fin mis habilidades cobraban sentido: cortando placas de circuito impreso, pelando cables, soldando con estaño.
El estuche de colores se convirtió en una caja de herramientas. Pasé de burro a empollón. Resulta que no era tonto: simplemente, el colegio no era para mí.
No me enrollo: terminé la FP, abandoné algunos superiores, y a los 20 escuché que en la universidad se estudiaban cosas técnicas: electrónica, mecánica… Pensé: ¿por qué yo no puedo?
A modo de rebeldía (no hay nada que me guste más que un buen reto) me matriculé en bachillerato técnico. Tuve que ponerme al día con lengua, filosofía, inglés… Me presenté al selectivo y lo aprobé de milagro.
Por fin entré en la universidad a estudiar Ingeniería Mecánica. Descubrí la ciencia detrás de lo que amaba: engranajes, transmisión, materiales, hidráulica, motores de combustión, fabricación... También tuve que aprobar seis matemáticas distintas, física y termodinámica de alto nivel.
Ocho años después, terminé. Y lo hice por todo lo alto. Diseñé, construí y patenté la única silla de ruedas capaz de rodar por la arena: la SandRoller. Me sentía como Dios. Me creía capaz de todo. Luego, la vida me daría alguna que otra hostia.
De la SandRoller, que fue mi primer emprendimiento, pasé a Generador Coworking. Después Protorad (homologaciones radicales), RaddieBike (bicis estilo Super 73), la Escuela Valenciana de Cuchillería, RuinaBike, que me hizo atreverme con las redes sociales… y hasta hoy.
Hoy, a mis 43, tengo la suerte de vivir soñando y creando.
“Cuando alguien dice ‘no se puede’, solo habla de sus limitaciones, no de las tuyas.”
Si quieres aprender a crear con tus manos, bienvenido a Generador. Aquí soñamos con las manos manchadas de aceite y el alma encendida.
